No hay política sin comunicación.

Pero no estamos en el imperio de la comunicación.

Es sólo la política junto a la comunicación.

Es la política con comunicación.

Mario Riorda
Poder Comunicar (o la comunicación del poder)

Los desafíos del debate “Scioli versus Macri”. Está bueno analizarlos.

Generalmente el debate es visto por aquellos que tienen más información, por lo que generalmente termina afirmando la enorme conclusión de que las campañas electorales confirman lo que las tendencias sostenían de manera previa, es decir, refuerzan las preferencias. Sin embargo, por tratarse del primer balotaje que se juega en la historia nacional a escala presidencial, y por ser una especie de reválida de un debate que no se dio en la primera vuelta entre los dos candidatos principales, sumados a la competitividad existente, sí probablemente va a aumentar inusitadamente la audiencia, aunque no queda claro si también su incidencia electoral para que modifique tendencias.

La lógica de transmisión audiovisual obedece más a una contienda deportiva que política: lenguaje de carrera de caballos, golpe bajo, arremetida, defensa, ataque, etc., en donde la psicología de la forma (elocuencia), prima por sobre la psicología de la información.

La verosimilitud suele ganarle a la verdad. No se requiere consistencia lógica. Los actores son una mezcla de personalidades (caracteres) y actos (formas), y el contenido no es lo central. Y latiguillos discursivos producen efectos concretos, como los de Reagan: “no voy a explotar por electoralismo la juventud e inexperiencia de mi oponente”, inoculando sus 73 años frente a los 56 de Mondale. Pero cuidado cuando ellos se basan en refranes, porque los refranes enfrentados son frecuentes e inevitables, pero mucho más importante que ello, como productos culturales o lingüísticos, pueden ser incoherentes o incompatibles.

Y tan importante es la falta de verificación empírica de los debates, que muchos estudios demuestran que no hay diferencia entre la información de quien se informa por spots de quien se informa mediante los debates; y que ver debates, no es necesariamente para buscar más información, sino como búsqueda de más espectáculo.

Además, no siempre el debate es ganado por quien tiene más experiencia en argumentar, sino muchas veces por quien tiene un mensaje más simple, más claro, más enfático y más repetitivo.

Por eso también ambos candidatos deberán demostrar algo del estilo discursivo femenino: detalles, anécdotas, excusas personales, razonamiento concreto, uso de preguntas y fuertes adjetivaciones; así como del estilo discursivo masculino: objetivos y énfasis en las fortalezas, establecimiento de situaciones de control, más afirmaciones que preguntas, habla más abstracta, interrupciones para demostrar dominio y uso de discursos no convencionales para enfatizar.

No caer en la timidez es tan importante como evitar posturas absolutamente rígidas, o bien en extremos como en la ofensiva pura, agresiva y descalificante. Michel Dukakis en CNN ante la pregunta del moderador sobre la pena de muerte: “Si Kitty Dukakis –su esposa– fuese violada y asesinada, ¿apoyaría Ud. la pena de muerte irrevocable para su asesino? Dukakis respondió que aun así se opondría la pena de muerte, lo que originó fuertes polémicas sobre su falta de emociones.

Nunca se debe olvidar que un debate es, por antonomasia, una oportunidad para defender la postura propia y rebatir la postura del oponente. Ello transforma al debate en una lucha en donde prima la lógica de la campaña negativa, preferentemente (no excluyente) en una de sus categorías denominada de “comparación explícita”. Aún en pleno ejercicio del intercambio de ideas, los debates no aportan necesariamente más riqueza a la discusión ni más argumentos propositivos sino que pueden incluso aumentar la sensación de negatividad y provocar algo de “efectos hastío” en una campaña.

Tampoco es real que los debates tengan un “efecto agenda”, máxime cuando los debates se dan –como en este caso– avanzado el proceso electoral, donde la enorme cantidad de asuntos ya están dentro del debate público. Incluso suelen generar un riesgo en la posibilidad de sobrecargar indebidamente las expectativas de la población, instando a que los candidatos respondan cosas que no pueden ser respondidas con seriedad hasta tanto no se esté en el gobierno. En el intento de ganar el debate, esto favorece el uso de posturas demagógicas y es una invitación a la ambigüedad en muchos temas.

Y siempre persistirá una gran duda respecto a la pregunta: ¿es quien mejor debate, necesariamente un mejor líder? Son los desempeños de los gobiernos los que responden a ese dilema, aunque siempre nos quedaremos con la duda

 

Los desafíos de Scioli

Es quién más tiene para ganar por el nivel de expectativa que le ha insuflado (y lo necesita imperiosamente), pero también quien tiene más riesgos porque es el menos experimentado en este instrumento democrático. Por ende el juego de las expectativas es tanto su virtud como su condena para intentar salir airoso. Y las expectativas son centrales en esto (las suyas propias y las que genere el opositor). Scioli incluso no pudo gestionar adecuadamente las expectativas en la primera vuelta tras el fracaso de los sondeos, habiendo ganado pero sin sabor a triunfo.

Su desafío es múltiple. Ser coherente con su campaña de contraste, pero siendo firme y no violento. Debe conciliar la diferencia y sustentar su campaña desde el temor, pero a la vez su firmeza no debe traspasar el límite de la agresividad y la hostilidad porque rompería la coherencia histórica que define su perfil conciliador. Con lo primero desafío resguarda su contenido. Con lo segundo su personalidad. Porque se encuentra en una situación parecida a lo que se denominó la paradoja Duhalde: como ser lo suficientemente continuador para retener todos los votantes oficialistas, pero a la vez atractivo para algún sector no oficialista que no se sienta cómodo con la oferta opositora.

Pero como Scioli debe descontar votos respecto a su rival, la propuesta de campaña negativa debe ser coherente con lo que está haciendo que ya representa un cambio desde las PASO y más de la primera vuelta. Y debe hacerlo por dos motivos. Uno porque si no hubiera esa coherencia, sería una señal que no se hicieron las cosas bien; y por otro lado, porque la negatividad trata no tanto de acumular para mi lado, como que el otro deje de acumular, especialmente en dos bandas diferentes, sea el voto progresista y de izquierda, sea el voto del frente renovador muy peronista.

 

Desafío de Macri.

Gestionar las expectativas adecuadamente, especialmente a la baja, disminuyendo el peso del debate. Macri se sustenta en acciones de comparación implícita y también parcialmente en algo de comparación explícita. Y ello es importante porque muchos creen que está realizando una campaña positiva cuando en realidad está montando una estrategia negativa muy sutil. Y funciona así: hablo de todo lo bueno que soy pretendo ser, pero siempre sobre un tema que la gente sabe que el otro no tiene o sobre el que el otro genera controversia. Por eso muchos la confunden con positividad, porque incluso alivia al elector ya que no parece que le obliguen a aceptar la conclusión a la que él llega por sí solo.

Investigaciones demuestran que el vencedor en un debate es aquel que lo conduce sin hostilidad y, viceversa, parece que una actitud hostil en un debate, reduce las posibilidades de seducir a una audiencia neutral. Pero hay veces que la hostilidad está dada no tanto en atacar, sino en responder inadecuadamente. Por eso el control es la esencia del desempelo de Macri, máxime si se sabe que Scioli intentará ser incisivo. La definición sobre a la filmación del oponente cuando uno habla es muy importante porque el autocontrol de los rostros ante la crítica de un oponente es un factor decisivo para la imagen de serenidad o contención de un candidato. Muchos debates suelen prohibir expresamente que la cámara se pose sobre el candidato que no está hablando. Los debates permiten el uso no verbal cuando habla el oponente, y si ello se posibilita, también se puede estar minando el discurso de quién habla.

¿Quién gana un debate tiene mejores chances de ganar una elección? No está claro que ello sea así y solo analizando casuísticamente cada campaña podrá responderse parcialmente a esa pregunta. Aún en elecciones reñidas como las que se dieron en los EE.UU. entre George W. Bush y John Kerry, la prensa, mayoritariamente, le adjudicó al segundo la victoria en los tres debates –de acuerdo a los sondeos posteriores– y sin embargo fue el primero quién ganó la elección. Por eso si es verdad que Macri tiene diferencia a su favor en los sondeos previos, la cuestión de las expectativas también hace no tanto al desarrollo del debate, sino a la manutención de su ventaja y debería bajar las expectativas de su performance posible.