No hay política sin comunicación.

Pero no estamos en el imperio de la comunicación.

Es sólo la política junto a la comunicación.

Es la política con comunicación.

Mario Riorda
Poder Comunicar (o la comunicación del poder)

La comunicación del gobierno argentino: el ciclo recién inicia pero asoma un estilo

Distintos hechos: triple fuga, jueces de la Corte por decreto, Panamá Papers, aumento de tarifas, anuncio de paritarias docentes, eliminación de retenciones mineras, descoordinación o contradicción de ciertos voceros, ciertos planteos estigmatizantes en el habla de varios de sus actores principales, entre otros.

¿Podrían haber sido comunicados mejor estos acontecimientos?

¿Faltó timing?

¿O simplemente se trata de decisiones sobre las que decide pagar un costo político en donde la comunicación tiene nulo impacto de mitigación porque la política actúa antes de que la comunicación piense su mejor modo para hacerse públicas?

La comunicación gubernamental, como comunicación política y a una escala nacional siempre es algo difícil porque no es un hecho comunicacional, siempre es un hecho político.

Al ser un hecho político, está sometido a sus vaivenes. Es política y refleja la política.

Sin embargo, lo más importante es que la comunicación gubernamental no tiene puntos de llegada. Es inestabilidad, es “pura” provisoriedad. Y es sobre todo largoplacismo.

Y un gobierno es una institución crisis-propensa que puede caer en crisis por lo que hace, por lo que no hace o por lo que hacen otros.

Así es que creer que una polaroid de un día describe a un gobierno es no haber entendido la pérdida relativa de centralidad del Estado en la capacidad de dar respuestas totales. Y para colmo, las demandas son materiales pero también simbólicas. Y estas últimas no son sencillas de gestionar cuando la confianza escasea.

Por ello quien crea que mirando los niveles de aprobación circunstanciales para saber si un gobierno comunica bien o mal, es que probablemente no esté entendiendo a la comunicación gubernamental.

Sin embargo, creo que ante la falta de tiempo para la consolidación de sus avances el gobierno ha tenido una acción totalmente eficaz (y sencilla) que es cargar contra el pasado generando “conflictos controlados”, es decir intentos deliberados de divisoria de aguas político-sociales que tanto favorece un proyecto, anclado en valores y con carga ideológica, como deslegitima las posiciones contrarias.

¿Un efecto de esto?  Al menos tres.

Uno social: profundiza aún más el altísimo nivel de ideologización, aún con un envoltorio estético que no la excluye, pero la suaviza a veces.

Uno político: le da aire, muchísimo aire a Cambiemos. Cambiemos lucha contra sí mismo y su gestión, no contra opositores.

Otro político: le quita aire, muchísimo aire al kirchnerismo. El kirchnerismo lucha contra Cambiemos y contra su propia reputación. Pero este hecho desarticula a la oposición con muchos actores de buena imagen que no quieren quedar pegados, pero tampoco tienen la autonomía electoral suficiente para erigirse en líderes convocantes. Y estos también estan en un dilema entre ser más oficialistas o más opositores (quizás porque ven encuestas y el gobierno sigue manteniendo niveles altos de aprobación).

Sin embargo, el “conflicto controlado” tiene algunas dificultades para que funcione tan bien como le sirvió al kirchnerismo durante muchos años: este gobierno -a diferencia de aquel en el 2003- tiene muy altos niveles de expectativas, y carga con estigmatizaciones previas, sea por el pasado de la derecha o los actores neoliberales en Argentina, sea por la condición de empresario del propio presidente y de muchos de sus primeras líneas, sea por el refuerzo a esos elementos que potenció la última campaña desde el campamento sciolista.

Ahora la pregunta que podríamos hacernos es si ¿hay un cambio virtuoso de estilo en la comunicación oficial respecto de años anteriores?

Y diría que en algunas cosas sí, pero en otras no.

Dentro de las virtudes veo la de salirse de la dependencia tirana de la publicidad política como único recurso para comunicar. Cuando se legitima, hay más tarea fuera de la publicidad que dentro de la publicidad. Esta actúa una vez que se ha legitimado la política. A este gobierno todavía le resta tiempo para legitimarse en gobierno y con sus políticas y ello es positivo.

Sin embargo, vaya un detalle: ha aumentado significativamente la percepción de que el “oficialismo favorece con sus políticas a los que más tienen”. Y ello generó la primera campaña gráfica a escala nacional. ¿De qué política? De la tarifa social para los servicios públicos esenciales. Todo un dato para reconocer que no puede desentenderse de la publicidad así como así. Y que antes percepciones sociales muy instaladas, empieza a reaccionar con ciertas prácticas convencionales.

El otro cambio es el uso articulado de las redes sociales. Ha descendido la pauta y el gobierno pregona en ello un gesto simbólico. Gran parte de sus movimientos comunicacionales transcurren en las redes y desde ahí se hacen convergentes para marcar agendas en los medios off line. Sin embargo, pensando en una masividad total, ello es posible porque se aprovecha el envión de gran parte del sistema de medios que -preferentemente- es afín al nuevo gobierno, con mínimas voces disidentes.

Pero así como eso es una virtud hoy, es riesgoso que se recueste tanto en ese hecho, porque mañana el periodismo puede cambiar su parecer y por ende se tornará absolutamente adversa la agenda pública derivada en la argumentación de terceros.

Y sigo insistiendo que dentro de las falencias está en el haber todavía el no gestionar adecuadamente los altísimos niveles de expectativas que tiene este gobierno, porque asumió con altísima imagen y podría haber trabajado mejor este aspecto.

Continuando con un razonamiento de antes, también el uso estigmatizante de muchos de voceros que en sus dichos o hechos permiten que -aún en cosas relativamente invisibilizadas- se siga alimentado la idea de que es un gobierno que prioriza políticas para los ricos o tienen conductas poco comunes para la mayoría de los ciudadanos.

Hablando de voceros, tampoco Cambiemos resuelve del todo la convivencia con Carrió que se ha convertido en un ariete público, pero ese ariete actúa también rompiendo puertas de contención hacia adentro. El jefe de Gabinete contestando sobre la comunicación del gobierno tras sus críticas es sintomático de ello. El gobierno entregando las pruebas de Panama Papers (a ella, una particular) para que actúe de juez moral nacional, es otro elemento cuanto menos curioso de lo reactivo que actúa frente a un personaje muy influenciador en este momento.

Por lo dicho, en muchas cosas es seguro que se podría haber reaccionado mejor. Y en la comodidad analítica ex post es fácil afirmarlo. Sin embargo, creo que hay decisiones que son verdaderos juicios contra fácticos y no sé si podría haber reaccionado mejor o peor o si subestimó o sobreestimó el hecho. Pero por ejemplo en el caso de los Panamá Papers, sí sabemos -y es público- que no es que el gobierno haya reaccionado tarde, sino que reaccionó temprano eligiendo no hacer público el hecho para “inocularse”, vale decir, a usar la capacidad de anticiparse ante un elemento negativo propio para menguar impacto o quitarle sorpresa al daño que un tercero puede hacerme.

En ese sentido, quizás hubo una mala coordinación de acciones de sus primeros voceros, empezando por su vocera anticorrupción. De todos modos, considero que su reacción no fue lo contundente que se hubiera imaginado (asociada al “decir la verdad”) y fue una fisura parcial del contrato social electoral que quizás no haya dañado seriamente la imagen del presidente, pero sí le resta mucho capital simbólico a la idea de construir un perfil de “hombre normal” u “hombre común”, como cualquier otro ciudadano (algo que Cambiemos venía trabajando desde un largo plazo, incluso antes de la propia campaña).

Pero como sostenía, la comunicación es largoplacismo puro, por lo que disociar a la comunicación de la política es no entender la comunicación política, y como esta comunicación gubernamental no es electoral, no valen los análisis rápidos, sino las visiones de ciclo largo.

Creo que el gobierno también entendió esto y ha frenado el estilo de crear noticias desde pseudoacontecimientos. Es sabido que la política puede y debe usar las variantes de “sorpresa, acción y éxito”, pero pseudoacontecimientos es la priorización exclusiva de los plazos cortos de la comunicación. Hechos que tienen como objetivo inmamente ser noticia un rato y desaparecer. Es cuando se exagera la transmisión de lo poco trascendente. Y eso suele chocar con la realidad. Y la realidad demuestra que además de la corrupción, a la Argentina también le duele la inflación, la pobreza y la inseguridad. Así, en ese orden. Y a los argentinos mas. En definitiva, el horno no está para bollos y el contexto le está dando más “gubernamentalidad” a la comunicación (Bourdieu dixit) que electoralidad. Y eso es bueno.

El ciclo recién inicia. Y la comunicación gubernamental es largoplacista. Nunca olvidar para el análisis.