No hay política sin comunicación.

Pero no estamos en el imperio de la comunicación.

Es sólo la política junto a la comunicación.

Es la política con comunicación.

Mario Riorda
Poder Comunicar (o la comunicación del poder)

¿Personalismos, o la política “hecha persona”?

Columna de opinión publicada en sección Debate del diario Clarin

 

Horacio Cardo

 

¿Tu piensas que voy a cambiar? No voy a cambiar”, le espetó Donald Trump a un periodista en plena conferencia de prensa.

Lejos están liderazgos de este tipo de ser “pos-ideológicos”(superar las ideologías desde nuevos valores, pensamientos o posicionamientos más transversales) o “no ideológicos”(la negación de estos sistemas de creencias orientados a la acción). En general tienen una fuerte referencia ideológica, sólo que dejan en claro que sus límites y sus fines son sus propios valores. O mejor, ellos mismos.

Aunque todavía suene nostálgico, los partidos son refugios de ideas. Y aunque laxas en algunas circunstancias, las ideas son las causas por las que batallan campaña tras campaña. Estos líderes también tienen causas: sus propias causas (que en algunas circunstancias suelen coincidir con la de los partidos políticos). Y son generalmente postulados simples, binarios. Pero no por ellos menos ideológicos. Usan la ideología pero la acomodan a su estilo.

Funcionan como bisagras entre un antes y un después del sistema político y social. Como arietes que pujan y demuelen, incluso, a sus propias construcciones previas. Por eso son actores disruptivos para el status quo de la institucionalidad. Sui generis en todo sentido y no replicables. Marcados por un discurso autorreferencial. “Las cosas que me callé por la patria” se la escucha decir a Elisa Carrió. Se convierten en objetos y sujetos de sus propios discursos. A Cambiemos le sirve Carrió. No queda claro que siempre Cambiemos le sirva a Carrió.

Ellos provocan una función política social destacada porque tienen la capacidad de visibilizar temas -aún controvertidos- que superan holgadamente a la pequeña agenda política para pasar ser temas dominantes de la agenda pública. ¿Su efecto? Dejan de ser temas de expertos para convertirse (ellos mismos y sus temas) en verdaderos pasatiempos sociales. No pueden pasar desapercibidos.

La identificación carismática ya daba cuenta de una de las formas de la legitimidad política hace más de medio siglo en escritos clásicos como los de Max Weber. Eran un esbozo de construcción teórica de la personalización en formato contemporáneo. Pero ahora se asiste a una instancia superior: la híper-personalización.

Actores que se valen de los partidos pero los trascienden. O los crean, o los descartan también. El fenómeno del Bronco en México, ex priista, devenido en candidato independiente y ganador de la Gobernación en Nuevo León es ubicable en esta descripción. Por eso no es tan sencillo afirmar que se asiste a una crisis de la representación. Sí en cambio es sencillo afirmar que hay una crisis absoluta en la representación de los partidos. Así es que estos liderazgos crecen a expensas de aquellos y de las instituciones. Se vuelven más prominentes.

Ulrich Beck define a la subpolítica como un proceso de individualización que da por supuesto que cada sujeto es quién busca sus propias justificaciones o sus propias respuestas cuando no las logra el sistema político representativo. Lo curioso es que estos políticos, a su modo, también modelan una búsqueda personal e individual de las respuestas políticas frente a una estabilidad que se encargan de sobrepasar.

Los partidos son artefactos democráticos lentos, pesados, que en la actualidad funcionan en sistemas de medios vertiginosos, dominados por la inmediatez y encima en una oferta multipantalla. Y esos mismos sistemas de medios modificaron a su vez el formato de la cobertura que de los híper-personalistas se hace (y de todos los otros políticos también). La dramatización es parte del relato que ellos crean, y mucho se debate sobre costado psicológico y las capacidades personales. Para colmo, los híper-personalistas incorporan también un eje discursivo sostenido en valores postmaterialistas que compiten (incluso reemplazan en casos) a algunos materialistas en la vida social y política. Sus características, capacidades y estilos moldean sus ideas, la gente los evalúa por lo que son y hacen que se valore a otros desde la vara que ellos mismo instalan.

He ahí el desafío que plantean. Si les va bien, generan fronteras de moralidad pública difícilmente infranqueables. Si les va mal, como ellos mismos trasvasaron la institucionalidad, hay que volver a construir de cero. Con lo que demora una lenta construcción institucional, o con lo que demora un nuevo híper-personalismo que lo supere. Nunca pasan desapercibidos.

 

Mario Riorda es politólogo. Co-editor de Comunicación gubernamental en acción (Biblos, 2016)