No hay política sin comunicación.

Pero no estamos en el imperio de la comunicación.

Es sólo la política junto a la comunicación.

Es la política con comunicación.

Mario Riorda
Poder Comunicar (o la comunicación del poder)

Legitimación y gestión. Dos elementos para evaluar la comunicación política

Columna de opinión inagural de la sección AGENDA SETTING del Semanario Voces en Uruguay

Hay por lo menos dos tipos de comunicaciones que, en la región (y quizás en buena parte del mundo occidental), aparecen simultáneamente en el marco de la política, especialmente para los gobiernos. Pero no siempre se las visualiza, analiza o implementa unidas. Una más clásica, tradicional, pero que ha tomado formas y dimensiones inusitadas; y otra novedosa, atravesada y conmovida por los desafíos de lo digital.

Una visión legitimante de la política

El mito de gobierno es la comunicación de tipo simbólica que tiene la función de generar esperanza y que, una vez instalada, puede alimentarse a sí misma siempre y cuando exista coherencia entre la narrativa esbozada y las políticas públicas implementadas. Relato, a secas, es el nombre vulgar con el que se lo conoce.

Viene a representar el ejercicio coherente de lo propuesto discursivamente como contrato de gestión en la faz electoral y la actualización de lo mejorable o aggiornable de ese contrato, una vez que se es gobierno. Y no es menor su tarea. Hace varias décadas ya, David Easton pregonaba que lo que permite un sistema político exitoso, es aquello que resulta de dar cumplimiento a dos funciones: la tarea de asignar valores en una sociedad dada; y el intento de conseguir que la mayoría de dicha sociedad acepte esa asignación valorativa la mayor cantidad del tiempo posible.

Y encima esos valores que toman forma de relato, se dan entre dos contrastes muy marcados y una serie de grises (o versiones menos espectaculares) entre ambos extremos que representan ideologías y estilos de la representación política.

El contraste entre lo refundacional: una relativa independencia para “el pueblo” -todos- en desmedro del país para “ellos” -los pocos-. Vigente en algunos países, ha venido cayendo como un efecto dominó en varias elecciones en estos dos años.

Frente a la idea restauradora de un país normal, el que crece y le va mejor ocupando un rol en el mundo. Mientras mejor nos vean de afuera, mejor estaremos los de adentro y con más desarrollo. Depende de las inversiones. Daría la sensación que es el modelo en boga en estos días, pero su eficacia no ha podido ser comprobada, ni en los países que hace tiempo están en este modelo, ni en el interrogante que por ahora representa Argentina.

El primer modelo incluye, el segundo modelo hace crecer.

En el primer modelo la institucionalidad sirve siempre que no frene ni complique el empoderamiento ciudadano. La igualdad es la guía.

En el segundo modelo la institucionalidad lo es todo, porque ella es el faro de la libertad.

Y en ese marco juegan los ciudadanos también, y en el medio, los medios “median” para un lado y para el otro. Y, aunque no se lo aprecie, los ciudadanos no fluctúan de un día para el otro. Tampoco las ideologías encarnadas en líderes que no aparecen tan claras en una versión dicotómica del siglo XX pero son constitutivas del pensamiento de aquellos.

Entre estos dos contrastes sucede la política, y por ende, la política comunicacional de América Latina.

 

Una visión de gestión de la comunicación

Pero hay otro abordaje a gran escala desde la comunicación, en donde los gobiernos envejecen. Algunas tendencias -que además mutan aceleradamente y probablemente queden viejas mañana-: respecto al tiempo promedio que un usuario de servicios está dispuesto a esperar para obtener una respuesta en redes sociales, más del 70% afirma que no debiera superar los 15 minutos según muestra en redes. Y sólo el 7% aceptaría entre una hora y 3 horas. Los usuarios de smartphones ya superan holgadamente en 200 veces la cantidad de chequeos que hacen diariamente a su celular. Y encima la población digitalizada, a medida que baja de edad, deja de usar los correos como modo de interacción y son las redes -incluso públicas o grupales- el ámbito de diálogo.

¿Y qué hacen los gobiernos frente a esta realidad? Publicitan. Del mismo modo que lo harían por TV. Y gastan. Mucho. Y hablan. Mucho. Pero dialogan poco, responden poco, gestionan poco -como interacción de políticas o servicios públicos-.  Y gran parte de la publicidad tiene que ver con mantener la comunicación legitimante por encima de la gestión de políticas propiamente dichas.

Hay una excesiva inversión en pauta publicitaria, en tecnologías, pero a los gobiernos les cuesta entender a las redes como medios de gestión. Les cuesta entender que los ciudadanos acuden a las redes para ser atendidos como si fuera una gran mesa de entrada en un edificio público. Más del 87% de los ciudadanos recurrió a internet para plantear dudas o quejas en algún momento según Lithium. ¿Por qué no lo haría con un gobierno?.

Por ende, frente a las redes, el modelo de gestión atrasa, envejece. No obstante, el modelo de representación que los gobiernos proponen no ha cambiado tanto. En las cuentas personales de los gobernantes, el híper-personalismo es extremo, como si fueran nuevos celebrities sin intercambio ni horizontalidad.

Y en la cuentas -llamadas institucionales- de gobierno, hay publicidad y en el mejor de los casos información, no interacción. Aparece un ecosistema de nuevas posibilidades y ello exige más convergencia, pero no se destrona el reinado de Twitter, Facebook y You Tube.

No se muestran avances hacia instancias de gobierno abierto y transparencia colaborativa. En el estudio Gobernauta del BID, en promedio, los gobiernos sólo dedican el 1% de acciones focalizadas en la agenda de participación, transparencia o gobierno abierto. No se propicia desde ellos nuevas acciones de fiscalización y rendición de cuentas ciudadanas, vale decir, mejorar las chances de ser monitoreado, escrutado.

No se avanza hacia acciones de microsegmentación, es decir, cuando cada acto comunicacional es “uno a uno” en la relación gobierno/ciudadano, pero más que ello, cuando cada comunicación es también un servicio. ¿A que equivale esto? A comunicar más que publicitar.

No se alientan instancias colaborativas participativas sobre políticas públicas bajo la premisa de escuchar y ser condicionado por esa escucha. Sólo el 2,2% de los tuits de los alcaldes de ciudades de más de un millón de habitantes en América latina están dedicados a algo tan básico como preguntar algo. Vale decir, cuentan con modestos signos de interrogación sobre alguna temática.

Síntesis: nuevos rockstars, estéticamente controlados, publicitados las 24 horas y casi nula interacción. De gestión y hacer la vida un poco más fácil a los ciudadanos, ni hablar. La legitimidad, siempre un poco más lejos y todavía permanece en una visión estática y dicotómica donde no tiene por qué haber verdades últimas. La legitimidad y los consensos también se gestionan en el sentido más literal del término, y las redes pueden colaborar en ese cometido. pero mientras se avanza en la gestión, casi a un nivel estratosférico, todo el día todo los días hay una batalla por la significación, por el rumbo de un gobierno, por el modelo que se da en las palabras, que se da en los estilos, que se representa en las ideologías de las políticas, pero donde las redes siguen publicitando, más que hacerle la vida más fácil a los ciudadanos.

Todavía el pensamiento político y los gobiernos (de un lado y del otro en las posturas legitimantes), cargan con una herencia del siglo pasado en donde, desde la comunicación, sobra la retórica, pero falta más adaptación para la gestión.