No hay política sin comunicación.

Pero no estamos en el imperio de la comunicación.

Es sólo la política junto a la comunicación.

Es la política con comunicación.

Mario Riorda
Poder Comunicar (o la comunicación del poder)

“Las transformaciones de América Latina”

Este artículo forma parte del número especial aniversario del Semanario Voces en Uruguay, en ocasión de la publicación 400, en donde se nos invitó a un grupo de analistas internacionales, además de los principales políticos de dicho país.

América Latina es demasiada grande y heterogénea para hablar de tendencias que la reflejen íntegramente. En algún momento se habló del tsunami de las izquierdas. Si bien no es adecuado sostener que hay una única izquierda, los autodenominados gobiernos progresistas o nacionales populares representan a países como Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Uruguay, Venezuela, pudiendo ubicar también aquí a Costa Rica. Ese importante bloque se equilibra frente a otro grupo de gobiernos de derecha o conservadores, liberales en lo económico, constituido por Colombia, Chile, Guatemala, México, Panamá, Paraguay, sin contar los híbridos nacionalistas que representan Perú y Honduras, o el centrismo de República Dominicana.

Por izquierda o por derecha, la política ya no puede darse el lujo de permanecer estática frente a demandas dinámicas. Los gobiernos, y más los partidos en la región, no digieren fácilmente a la política devenida en plebiscitaria desde una doble acepción.

Por un lado, por el origen electoral que alienta a acciones en donde la legitimidad electoral otorga derechos de acción que muchas veces son contrarios a la institucionalidad legal. Se evidencian un híper-ejecutivismo y un híper-personalismo que dejan dos grandes derrotados: el debate parlamentario y los partidos políticos. No desaparecerán, pero perdieron peso relativo en la cuota de incidencia para la toma de decisiones y en la consideración pública. Son los líderes los elegidos (y también quienes pueden ser rápidamente cuestionados).

Los actores políticos clásicos ya no están solos en la arena política y no tienen el monopolio de la acción política. Muchos presidencialismos ofertistas (aquellos que tienen iniciativas impensadas para correr el límite lo establecido) suelen parecer agobiantes y se mueven con una lógica muy clara: todo actor que discuta política en el terreno de la política tendrá también al oficialismo compitiendo en su propio terreno. En la antinomia de la política transformadora antiinstitucional versus la política institucional antitransformadora -como sostiene Mangabeira Unger- se suelen ubicar más cerca de la primera. La política ha roto el límite entre lo que es político y lo que no es político.

Por el otro lado, lo plebiscitario acerca a los gobiernos a estilos asociados a una gestión dominada por la inmediatez y la repentinización, por la idea de una democracia dinámica que todos los días controla o requiere rendiciones de cuenta desde el sistema de medios, o con prácticas de acción directa: manifestaciones, protestas, cibermilitancia, asociacionismo para peticionar, entre otras.

Los gobiernos, precisamente para sortear parte de las deficiencias o limitaciones que la representación permite -en el sentido de las democracias formales o liberales-, han logrado que muchos de los sectores que lideran aquellas prácticas sean socios eventuales para sus objetivos y desde donde reciben parte del consenso social. Aparecen lógicas movimientistas, de articulación difusa de identidades que politizan las desigualdades sociales.

Con este estilo, muchos gobiernos rompieron status quo históricos que favorecían a determinadas élites –quedando para la historia juzgar hasta donde generaron nuevas élites–

Esas expresiones de identidades diversas que militan junto a los gobiernos ideológicamente afines también pueden ser grandes críticos cuando los gobiernos no responden eficazmente. Es desde ahí donde pueden verse socavados sus puntales del apoyo social cuando entienden que no hay eficacia en la respuesta a sus demandas. Perú, Brasil, Bolivia, o Argentina son ejemplos.

Quizás esto es producto de una paulatina ampliación de derechos (que dista mucho de ser ideal) y de una toma de conciencia del empoderamiento social. La ciudadanía adquiere regularmente percepción de eficacia de sí misma, y comienza a sentirse apta para corregir límites de la democracia plebiscitaria a través de sindicatos, movimientos urbanos, campesinos, ambientalistas o pueblos originarios.

Pero el contexto regional evidenció patrones de crecimiento económico superiores a las dos décadas anteriores en la región. No sé si es la buena economía lo que hizo que la política adquiera autonomía o a la inversa. Lo cierto es que, a pesar del crecimiento acumulado y los avances sociales, la región sigue todavía con males endémicos. Uno es la pobreza. América Latina es la región más desigual del mundo, teniendo a cinco de los diez países más desiguales, entre ellos Brasil. El último quintil de ingreso tiene el 2.9% del ingreso en América Latina. En nuestra región el 20% más rico posee el 57.8% del ingreso según los Indicadores de Desarrollo del Banco Mundial. No obstante ello, sirva como dato que la reducción de la pobreza fue significativa en esta década pasada, aun persistiendo.

Otro mal es la inseguridad. América Latina es la región más violenta del mundo. Tiene el 9% de la población del mundo y el 27% de los homicidios. Diez de los veinte países con mayores tasas de homicidios del mundo están en la región. Según informes de Naciones Unidas, la proporción de robos se ha triplicado en los últimos veinticinco años, tanto como que el 96% de los homicidas son jóvenes entre quince y veintinueve años, al igual que el 86% de las víctimas. No hay país en donde la seguridad ciudadana no emerja como el problema principal según el Latinobarómetro. Todo esto sin siquiera meter el problema de los incentivos al crecimiento de la economía informal que genera el narcotráfico.

A ello se agregan prácticas de corrupción, tan vigentes como siempre, pero más visibles por el sistema de medios. Los buenos desempeños económicos han minimizado algunas de aquellas, pero en contextos de deterioro de la economía, la indulgencia tiende a la baja y empiezan a verse condenas sociales (antes que condenas legales). Se exacerba el contraste de burocracias que son verdaderas “consumidoras” de poder, antes que “generadoras” de poder.

Si los grandes temas no fueron resueltos, incluso algunos (la inseguridad por caso) se amplía en términos de su impacto, ¿que garantiza que los gobiernos puedan mantener consenso social y político? El desarrollo de mitos de gobierno como herramienta de comunicación simbólica, es una de las explicaciones que construyeron sentido social y político, siendo la fuente generadora de consensos. Vale reconocer entonces que los relatos gubernamentales sólo funcionan cuando hay coherencia –imperfecta- entre el trazo ideológico esbozado y las políticas públicas que dan cuenta de esa narrativa. Ahí, los gobiernos, han sido eficaces para la mantención del poder puesto que en lo que va del nuevo siglo, ganaron más de lo que perdieron, a diferencia del último tramo del siglo pasado.

Pero también los mitos de gobierno son la materia prima de los disensos. Muchos gobiernos han generado “conflictos controlados”, es decir intentos deliberados de divisoria de aguas político-sociales que tanto favorece un proyecto, anclado en valores y con carga ideológica, como deslegitima las posiciones contrarias. Esto se refleja en una época de altísimo nivel de ideologización, sea en la región como adentro de cada país. La ideología es inherente al discurso político, sea que la matice o le dé un envoltorio estético. Pero no la excluye, la suaviza a veces.

Los gobiernos también salieron a disputar la supremacía del periodismo dentro del sistema de medios. Y en esa interacción de actores de la política, el sistema de medios y la ciudadanía, se da una inédita articulación y cooperación entre sociedades estratégicas de parte de la política en alianza con parte del sistema de medios, frente a otra parte de la política en alianza con otra parte del sistema de medios. Y esa batalla, obviamente repercute en la opinión pública y se agigante con tres hechos: mucha comunicación directa que comunica a líderes con ciudadanos salteando a gran parte del sistema de medios; estigmatización de la prensa por parte de la política, y reacomodamiento de las reglas de juego y las composiciones accionarias de los diferentes sistemas de medios.

Como se vio, América Latina no es homogénea políticamente. La ideología aparece dominante en la escena y hace de la región un mosaico complejo que lo más homogéneo que tiene son sus problemas estructurales. En algunos se avanzó adecuadamente en su solución, en otros no se visualizan soluciones. Diversa, dinámica, los desafíos tienen forma de largo plazo. Ojalá que la escenificación de los estilos gubernamentales no oculten la importancia de las respuestas. Los empoderamientos ciudadanos empiezan a hacerse notar…

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